jueves, 14 de febrero de 2013

Control de precios: derogando la ley de gravedad

El sistema de precios como asignador de recursos

Suelen enseñar los manuales básicos que el sistema de precios es una especie de "indicador" de cómo están asignados los recursos en la economía. A tal fin, es preciso utilizar lo que se conoce como "precios relativos", esto es, el precio de un bien expresado en cantidades de otro bien. Por ejemplo: Si para adquirir tan sólo una naranja necesitamos entregar 20 manzanas, se deduce que la primera es más valiosa que la segunda. Esto implica además que los recursos productivos están volcados mayormente a la producción de manzanas. 

Sin embargo, no vivimos en una economía de trueque sino que usamos dinero como medio de cambio, por ende los precios están expresados en unidades monetarias y comúnmente reciben el nombre de "precios nominales". El nacimiento del papel moneda y sobre todo de su casas emisoras trajeron consigo un gran problema: la inflación. Cuando esta última se hace presente, los precios crecen en forma persistente y sin aparentes causas reales como podría ser una merma en la cantidad producida. Por si fuera poco, no suben todos al mismo ritmo, por ende es común que durante procesos inflacionarios galopantes las relaciones de precios nominales se distorsionen y ver como una "baratija" pasó a valer casi lo mismo que un artículo de lujo. Estas incosistencias son conocidas como distorsiones en el sistema de precios.

La inflación

El rol de una persona en el mercado cambia todos los días: es demandante cuando se dirige al almacén de la esquina para adquirir los bienes necesarios para su vida, como así también es oferente cuando vende sus servicios profesionales (o aquello que produzca) para asegurarse un ingreso mensual mínimo. Como bien lo explica el siempre didáctico De Pablo en una de sus columnas del diario La Nación, de un lado hay seres humanos que consumen en función de sus necesidades e ingresos y del otro, también hay seres humanos que mediante su esfuerzo están dispuestos a abastecer ese consumo. Por lo tanto, sería razonable que una parte decida el precio que le sea conveniente cobrar y que la otra determine si le conviene o si le parece justo pagar ese monto.

Tal vez no sea necesario, pero ante tanta insistencia de aplicar recetas que de antemano van a fracasar, sería bueno repasar el comportamiento de aquellos que intervienen en una transacción comercial: el oferente y el demandante. Ante incrementos de precios, el primero va estar dispuesto a asumir mayores esfuerzos a fin de aumentar su producción, mientras que el segundo demandará una cantidad menor como consecuencia de la reducción sufrida en su poder adquisitivo. En caso de una caída en los precios, el vendedor ofrecerá menos y por su parte el consumidor va a estar dispuesto a consumir más. Esto es lo que se conoce como ley de oferta y demanda:




De esta puja de oferentes y demandantes en diferentes direcciones, surge un precio y una cantidad de equilibrio. En esta situación, lo que demandan los consumidores es exactamente igual a lo ofrecido por los productores.

Ahora, ¿qué sucedería si un tercero ajeno a la puja fija un precio que sólo le conviene a una de las partes antes mencionadas? La otra parte ¿estará dispuesta a formar parte de un trato en la que salga perjudicada? Por supuesto que no ¿Se la puede culpar por ello? Tampoco, puesto que nadie está dispuesto a cambiar valor (ya sea esfuerzo o dinero) a cambio de nada.

Supongamos que las autoridades (o el querido Guillermo) fijan un precio por debajo del transado en el mercado, es decir, establece un precio máximo a cobrar. Lo esperable sería que aumente su demanda, pero ¿qué pasa con la oferta si el precio es bajo y no brinda márgenes mínimos de rentabilidad? Sencillo, la oferta decrece. Todos quieren comprar, ¡pero pocos quieren vender! Es aquí donde nace el desabastecimiento y/o los excesos de demanda.

 

El control de precios es una práctica irracional y sin sentido, ya que el incremento descontrolado de los mismos es la consecuencia y no la causa de la inflación (parece una obviedad pero no lo es para nuestros gobernantes). Esta última, debe atacarse en todos los frentes y con políticas económicas serias, no es suficiente la acción individual del Banco Central sino también es necesario un fuerte compromiso fiscal por parte del poder ejecutivo, ya que la desmesura en el gasto público siempre suele ser disparadora del emisionismo monetario que destruye el valor de la moneda en forma permanente.

Mientras tanto, seguimos insistiendo en derogar la ley de gravedad. Una verdadera bomba de tiempo. 



viernes, 11 de enero de 2013

2013: Bordeando la cornisa


Pocos se hubieran imaginado lo difícil que iba a ser el 2012, menos aun después de haber crecido al 9% durante 2011. El freno en la economía se hizo sentir. La restricción a las importaciones, la inflación y el cepo cambiario jugaron un papel nocivo para la actividad económica del país. La caída más notable la tuvo el sector inmobiliario que registró una disminución en la actividad superior al 40% comparada con la performance de 2011.

Lo que sin dudas se llevó todas las miradas fue el billete verde. La diferencia entre el dólar oficial y el paralelo hacia fines de 2011 era casi nula, sin embargo y luego de la prohibición de compra de moneda extranjera, el precio de la divisa norteamericana inició una escalada sin interrupciones en el mercado "negro"  hasta alcanzar hoy en día un precio superior a $7 (una brecha del 45% respecto de la cotización oficial).

En conexión con esto último, la sangría de reservas de la banca central no ha sido un tema menor. La enorme fuga de capitales, los pagos de deuda y el considerable gasto en importación de energía para evitar un colapso energético, han marcado un fuerte descenso en los activos del BCRA. Según fuentes de la entidad, hacia enero de 2012 el nivel de reservas alcanzaba los 46000 millones de dólares, mientras que para diciembre descendieron hacia 43000 millones. Lejos quedó el pico de enero de 2011, cuando el acervo superó la cifra de 52000 millones

La enorme marea de subsidios, el clientelismo político y toda la serie de gastos disparatados e improductivos (teniendo como emblema máximo la transmisión de "Fútbol para Todos") han provocado - lógicamente - un abultado déficit en las cuentas del gobierno. A cualquiera se le ocurriría que la solución pasaría simplemente por incrementar los ingresos fiscales o reducir el gasto, el problema es que ninguna de las dos alternativas parece viable. La presión impositiva sobre la actividad económica ha alcanzado niveles inéditos (alrededor del 40% del PBI), por lo tanto un nuevo aumento de impuestos sería difícil de pagar, y si se hace tendría efectos muy negativos sobre el ingreso disponible de las familias y por supuesto sobre la economía. Tal vez la segunda opción sea el camino más sano, pero esperar un recorte de gastos de un gobierno populista es como pedirle peras al olmo. El despilfarro de recursos estatales parece ser una política de estado. Por consiguiente, es de suponerse que la ANSES siga financiando el gasto corriente del tesoro con dinero de las jubilaciones y el Banco Central siga con la emisión desbocada de pesos (o aumentando el impuesto inflacionario) alimentando cada vez más los riesgos de hiperinflación.

El contexto macroeconómico configura un año por venir complicado y la dirigencia política central no parece tener intenciones de recapacitar, reconocer sus errores y dar un sensato golpe de timón que evite un colapso mayor. El mejor escenario que puede esperarse son condiciones externas más favorables que den un respiro a la economía y a las cuentas del gobierno; pero si el gobierno no enfrenta los factores de riesgo con inteligencia, los problemas se agravarán y la crisis será inevitable.



jueves, 20 de diciembre de 2012

Un viaje de ida


Según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal la presión tributaria llegó a un récord histórico en Argentina, doblando casi la media Latinoamericana que ronda el 20%.

De acuerdo a lo consignado en el informe N° 193, el tamaño del Estado (a nivel nacional, provincial y municipal) creció aproximadamente un 60% entre 2002 y 2011, explicado mayormente por el aumento en las transferencias corrientes al sector privado seguidas por el gasto en personal y en seguridad social.

El problema es que estos aumentos no vinieron solos, la presión fiscal alcanzó un nivel sin precedentes del 35% del PBI en 2011 (un 54% más que el año 2000) y se estima que para el cierre de 2012 alcanzaría un 42%.

No es un buen indicio que el aumento sideral del Estado venga determinado por gastos corrientes e improductivos. El aporte que hace el contribuyente para sostener a esta gran corporación pública es cada vez mayor y a su vez se recibe cada vez menos a cambio. La calidad de los servicios públicos como la salud, la educación, la seguridad, el transporte, entre otros, es paupérrima y se deteriora progresivamente con el paso del tiempo ante la falta de inversiones.

La mayor presión tributaria no se corresponde con la necesidad de hacer una mayor inversión en infraestructura o mejorar los pobres servicios públicos del país, sino que va en línea con el objetivo de suficiencia, es decir, recaudar dinero para financiar las actividades (poco productivas) del gobierno.

Esta intervención progresiva asfixia al sector privado que tiene que destinar al estado una gran parte de sus ingresos, por ende, no es de extrañarse que tarde o temprano la marcha de la economía se termine deteniendo. La pregunta es: ¿Hasta qué punto el estado piensa avanzar sobre la economía real? Ya lo demostró Arthur Laffer con su archiconocida curva: los ingresos fiscales no siempre aumentan ante cada incremento en los impuestos, peor aún, corren el riesgo de disminuir una vez que se sobre pasa cierto nivel de presión impositiva. Una afirmación más que lógica, ya que nadie está dispuesto a brindar el total de los frutos de su esfuerzo al estado. En este punto no vale la pena engañarse, cada individuo sale a la calle a buscar su propia subsistencia y beneficio, no a mantener el estilo de vida de otros. Se puede afirmar sin lugar a dudas, que en ninguna parte del mundo la asfixia estatal surte los efectos deseados por el poder central, el problema es que se tiende a legalizar un sistema que persigue al que produce riqueza.

Volver del intervencionismo estatal desmesurado implicaría desinflar una corporación de tamaño mayúsculo que traería grandes costos sociales y políticos, pero profundizarlo es más peligroso aún, pues se dice, que es ahí donde comienzan las dictaduras.

viernes, 13 de julio de 2012

No molestar: país descansando


Como si los días festivos fueran pocos y las cargas laborales que sufren los empleadores fueran insuficientes, está a punto de convertirse en ley un proyecto que impide trabajar los fines de semana. Según lo expresa el artículo 207 del mismo, no está contemplada una prohibición expresa pero sí una fuerte imposición para los empleadores que decidan hacerlo:

“Artículo 207: Cuando el trabajador prestare servicios entre las TRECE (13) horas del día sábado y las VEINTICUATRO (24) horas del día domingo, medie o no autorización, sea por las circunstancias previstas en el artículo 203 o por estar comprendido en las excepciones que con carácter permanente o transitorio se dicten, el empleador estará obligado a abonar el salario habitual con el CIEN POR CIENTO (100%) de recargo, sin perjuicio de su obligación de otorgar franco compensatorio.”

No hay mucho que discutir. Esto no es más que otra de las tantas políticas populistas y retrógradas a las que ya estamos acostumbrados desde hace varios años. ¿Quién se beneficia de esta medida? Nadie, puesto que el empresario se ve amenazado por un aumento exponencial de sus costos que no necesariamente le generarán un incremento de sus ingresos, por ende, la consecuencia lógica de esta movida sería una reducción de las horas trabajadas, una suspensión temporal  de empleados, el cierre de la actividad durante los fines de semana o yendo a un escenario más drástico, el cierre definitivo del negocio o el despido de personal. Considerando entonces que semejante ley detiene la actividad económica en el país, surge la pregunta obligada ¿En qué se beneficia el estado? Absolutamente en nada ¿o es tan difícil de ver que todo esto trae aparejado una menor generación de ingreso y por ende una menor recaudación?  Si pensaron poner contento al trabajador o hacer justicia social castigando a los empresarios "opresores", tal vez habría que reflexionar un poco ya que es difícil pensar que alguien se pondrá feliz si perjudican su fuente de ingresos.

Para atrás siempre

Una de las grandes deficiencias que tiene el mercado laboral argentino es la dualidad existente entre los que están dentro y los que están fuera del mismo. Los que se encuentran con un empleo formal y en blanco, por lo general cuentan con sueldos aceptables y con un lugar "fijo" debido a los altos costos de borrarlo de la planilla de empleados. No es el caso de los que se mueven en forma permanente entre el desempleo y la informalidad, cuyos sueldos son bajos al igual que el costo de despedirlo. Por esta razón, no es de extrañarse que a un empresario le sea difícil echar a un empleado formal y en blanco que duerma la siesta todos los días en su oficina y que a su vez, sea un riesgo muy grande contratar a un profesional mejor capacitado para ocupar el puesto.

Una conceptualización muy interesante sobre el mercado laboral es la que exponen Felipe Larraín y Jeffrey Sachs en su libro “Macroeconomía en la economía global”. Se trata de una visión que resalta el dinamismo de dicho mercado, por lo que no se debe pensar en el desempleo como una cantidad estática de personas sin empleo, sino como una masa de individuos que se mueven entre el empleo y el desempleo en puestos que se crean y desaparecen constantemente. Una clara ejemplificación es la analogía que se hace entre la tasa de desempleo y el nivel de agua de una bañera con el desagüe abierto: un flujo de agua entra en la bañera (los recién desempleados), mientras que otro flujo sale por el desagüe (los que encuentran un trabajo y salen del desempleo). El nivel de agua (tasa de desempleo) dependerá tanto de la velocidad a la cual entra el agua desde el grifo (ritmo de los despidos) como de la velocidad a la cual se vaya (contrataciones)[1]. Lo ideal es que el mercado laboral, tenga la mayor movilidad posible a fin de que los se encuentren sin trabajo no sean desempleados crónicos y los que lo pierden no pasen mucho tiempo sin encontrar uno nuevo. Por lo tanto, las medidas que sólo imponen costos o restricciones hacen que el empresariado se vuelve reacio a contratar nuevos empleados, por lo que la generación de empleos se torna más lenta y dificultosa.
Una vez más, pavimentando el camino al fracaso y a la profundización de los problemas nunca resueltos. La insensatez a la orden del día.






[1] SACHS, Jeffrey y Felipe LARRAIN. Macroeconomía en la Economía global. 2º Edición. Pearson Prentice Hall. 2002

viernes, 15 de junio de 2012

Es la crisis! estúpido!

Mucho se ha hablado y mucho se va a seguir hablando sobre la interminable novela del dólar en la Argentina. Que comprar dólares se trata de una simple cultura, que es un deporte nacional, que es mera especulación por parte de algunos, etc. Nadie pone en duda la arraigada costumbre del argentino medio de ahorrar en dólares, el problema es que nadie habla del  "por qué" de esta supuesta tradición.

No es poco común que en épocas inflacionarias o de turbulencias económicas los ahorristas de cualquier parte del mundo busquen refugios de valor para estacionar y proteger sus ahorros. Un claro ejemplo es lo que ha sucedido con el oro en el mundo: hacia el año 2000 el metal precioso cotizaba alrededor de los 320 dólares la onza, hoy en día y en plena crisis mundial, dicha cotización se encuentra alrededor de los 1560 dólares...nada mal para aquel que compró hace una década atrás y lo mantuvo atesorado bajo el colchón de su cama. Es lógico que todo aquel que asuma el sacrificio de trabajar diariamente, quiera proteger lo que logró ahorrar con el sudor de su frente. Por lo tanto, cuando surgen las dudas sobre el estado general de la economía, el rally por buscar un refugio que mantenga el valor de los ahorros amenaza con desatarse. Es en esta parte, donde entra en juego algo que poco tiene que ver con lo técnico y económico, esto es la confianza en el poder gobernante y las instituciones acerca de su capacidad para manejar una crisis. 

¿Qué pasa hoy en Argentina? La población ha empezado a percibir un eventual desbocamiento de la inflación y muy malas expectativas en la actividad económica. ¿Qué pasaría si la gente confiara en la capacidad del gobierno para evitar o suavizar con éxito una eventual crisis? sencillamente, todos se quedarían tranquilos y no asumirían mecanismos defensivos que tiendan a agravar aún más el problema. Lamentablemente, no es lo que se observa en la calle. La desesperación por comprar dólares para defender los ahorros personales y la demostrada incapacidad del gobierno (y el Banco Central) para detener esta fuga de capitales, está complicando las cosas cada vez más. La devaluación se acelera, la inflación amenaza con dispararse, los temores se acrecientan y la gente empieza a sentir que sus ahorros no están seguros en el sistema financiero. En este punto comienza a vislumbrarse uno de los peores problemas que puede sufrir una economía: una posible corrida bancaria. 

La corrida bancaria tiene lugar cuando existe una concurrencia masiva de ahorristas a los bancos, a fin de retirar los fondos que en ellos se han depositado. Básicamente, la función de los bancos es intermediar entre el ahorro y la inversión, es decir, captar el dinero que depositan los ahorradores en el sistema bancario y prestarlo a quienes lo necesiten para financiar sus proyectos. Por esta razón y ante una corrida para retirar los depósitos, los bancos suelen necesitar asistencia financiera por parte del Banco Central. Si este último se encuentra en una posición financiera y económica consolidada, la corrida no debería representar un problema mayor, ya que se encontraría en posición para asistir a los bancos que lo necesiten y así brindar seguridad y calmar los ánimos de la gente. Hoy en día, el Banco Central argentino, según sus autoridades y el mismo gobierno, cuenta supuestamente con una cantidad récord de reservas internacionales que están rondando los 46 mil millones de dólares. Le pregunta obligada es: ¿Qué espera la autoridad monetaria para salir a responder agresivamente y anestesiar esta furia por la compra de la divisa norteamericana? Muchos dicen que es nivel de reservas no existe, la duda está. En lugar de eso y como para que cunda el pánico, el gobierno decidió prohibir la compra venta de moneda extranjera, medida que terminó causando el efecto exactamente contrario al que buscaban, el cual era proteger los dólares que quedan en el sistema financiero y evitar una devaluación mayor. Es así como entra en juego el protagonista de la obra, llamado hoy en día “dólar blue” pero comúnmente conocido con otra variante de nombres tales como  “mercado negro”, “mercado paralelo”, “dólar paralelo”, “dólar negro”, etc.   

El mercado simboliza el acuerdo de las partes, y en el mercado del dólar hay vendedores que ofertan a $6 y hay compradores que están dispuestos a pagar ese precio. Por lo tanto, no existe un mercado oficial y uno paralelo, este último es el mercado verdadero ya que es el único en el que se realizan transacciones con un precio determinado por la oferta y la demanda, mientras que casi no existen transacciones al precio de cambio oficial. Esto, es un mero ejemplo de lo que muchas veces han afirmado los economistas hasta el cansancio, que la economía no se maneja por decreto o bien, que el mercado siempre gana. 

Cuando el país crecía, se debía a la capacidad de gestión. Ahora que el país entra en una etapa recesiva ¿la culpa será de la crisis internacional? nada de eso. Nunca hubo capacidad de gestión sino que el gobierno está cayendo preso de sus propios errores, todos esos que cometió desde que comenzó a gobernar y nunca quiso reconocer. 








viernes, 4 de mayo de 2012

Requiem para el libre mercado y el culto al fracaso


A horas de que la Cámara de Diputados de la ¿República? Argentina le de sanción definitiva al proyecto de expropiación de YPF, se puede afirmar con certeza que el libre mercado ha dejado de existir en el país. En estos últimos años ha sido difícil vivir con un Estado asfixiante y pareciera que con el correr del tiempo la cosa se va a ir poniendo cada vez peor, puesto que "el modelo" se agota y la presidente CFK no pareció mentir cuando dijo "vamos por todo". 

La sofocante presión impositiva, el silencioso impuesto inflacionario, la cuasi prohibición a la compra de dólares, la obligación a las empresas extranjeras de liquidar sus divisas en el país, las burocráticas y fuertes trabas a las importaciones y la reciente expropiación de YPF han terminado de configurar un combo que lo único que ha hecho ha sido cercenar la propiedad privada y las libertades individuales. Según estimaciones del instituto oficial de estadísticas (INDEC) en el exterior hay alrededor de 140 mil millones de dólares pertenecientes a argentinos, mientras estimaciones privadas calculan que el monto supera los 300 mil millones de dólares. Ello es una clara muestra del miedo de los ahorristas y la necesidad de proteger sus ahorros de la mano del gobierno argentino. 

El problema es que ya nadie está a salvo. Las confiscaciones más resonantes del país han sido varias, entre ellas se destaca la expropiación de Aerolíneas Argentinas y Austral hecha a mediados de 2008 a una empresa controlada por el grupo español Marsans. Luego fue el turno de las AFJP cuando la monarca Cristina Fernández decidió estatizar los fondos que trabajadores argentinos habían confiado al sistema de capitalización privado. La última, fue la escandalosa expropiación de YPF al grupo español Respol, aduciendo la falta de inversiones y la escasez de combustible como motivos principales. 

Hace casi un siglo que en Argentina priman los delirios, las ideas retrógradas y los fanatismos por sobre el buen criterio. Se sigue insistiendo con recetas que fracasaron una y otra vez en el pasado y se persiste con la demonización de aquellas que llevaron a los países prósperos al éxito. Lo peor del asunto es que todo este culto al fracaso no sólo está promovido desde arriba sino que además cuenta con el visto bueno de la sociedad, ya que el argentino medio de hoy no tiene reparos en pedir fervorosamente el traje a rayas para aquellos empresarios y/o profesionales que tuvieron la osadía de ser existosos. 

La pregunta es: ¿Hasta cuando pensamos seguir fracasando?. Hace más de 50 años venimos haciendo lo mismo y por supuesto obteniendo lo mismos resultados, ¿o piensan que las recetas fracasadas alguna vez funcionarán como por arte de magia?. Es más simple de lo que parece: la cultura del resentimiento, la envidia, la soberbia y la falta de autocrítica nos está sepultando cada vez más profundo.